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1 - La pandilla de Protón - Raquel M. Barthe
2 - Qué leer
3 - Cómo suscribirse y
desuscribirse a las listas

Comencé mi
carrera de escritora tratando de complacer un pedido de mi hija; quería llenar
un bache.
Cuando una
pequeña tiene una temprana vocación lectora, sabe elegir sus lecturas; sabe
exactamente qué le gusta y desea leer, pero no siempre logra encontrarlo.
En
aquella época,
compraba muchos libros para su biblioteca y me esmeraba en la selección; elegía
cuidadosamente los libros de acuerdo a las editoriales, autores y directores de
colección que garantizaban la calidad literaria de los libros. También leía
las críticas de los expertos en literatura infantil, que me ayudaban a
determinar cuáles libros eran los adecuados. Sin embargo, muchos de ellos
(demasiados) no tenían eco en el entusiasmo de mi hija, que comenzaba su
lectura y, luego de las primeras páginas, lo devolvía al estante de la
biblioteca para permanecer allí sin llamar su atención. Otros, en cambio, eran
leídos y releídos infinidad de veces, sin importar su grueso volumen, la falta
de ilustraciones o la tipografía pequeña.
Mi pregunta
fue entonces, ¿por qué aquellos libros, considerados por los expertos como muy
buenos, aburrían a los chicos? ¿Por qué los libros que los chicos
valorizaban, no pertenecían a esa clase "muy buena"? ¿Acaso era
imposible atrapar el interés infantil, escribiendo historias divertidas que al
mismo tiempo mantuvieran la calidad literaria?
Y, a pedido de
mi hija Morgana, comencé a escribir.
Los chicos
eran sinceros en sus críticas y yo sabía siempre cuándo una historia tenía
éxito y cuándo no.
Así llegué a
una de mis primeras publicaciones, que resultó singularmente bien acogida entre
el público infantil.
La crítica
adulta no me trató de la misma manera. El libro se terminó de imprimir en
noviembre de 1986 y tuve la oportunidad de presentarlo para la Faja de Honor de
la S.A.D.E./1987. Ese año, se declaró desierto el premio en la categoría
"Literatura Infantil". Hubiese preferido que alguien la ganara porque,
de esa manera, me quedaba el consuelo de pensar que había escritores mejores
que yo, pero un premio desierto significa que todos los que nos presentamos éramos
"muy malos".
No obstante,
el libro comenzó a venderse bien y empecé a recibir invitaciones de escuelas
donde mis lectores me revelaron importantes verdades. Ellos me enseñaron a
conocer mi propio libro a través de una óptica infantil y auténtica.
El librero
responsable de esas ventas masivas, ya en confianza, me confesó que su primera
impresión del libro, había sido negativa. Luego de leerlo, concluyó que se
trataba de una historia simple, lineal y "pasatista", de fácil
lectura y sin valores literarios recomendables y, finalmente, lo desechó.
Por la noche,
oyó hablar por teléfono a su hijo de 11 años, quien recomendaba un libro a un
compañero, poniendo en sus palabras gran entusiasmo y prometiendo prestárselo
al día siguiente. Y la conversación terminó con un, "por fin una
escritora que escribe algo para nosotros".
Un libro así
recomendado entre pares, tenía que ser, indudablemente, un éxito comercial y
un buen negocio para un librero que se especializaba en literatura infantil y en
la venta de libros en las escuelas. Decidió entonces indagar por el título del
libro mencionado. Para su sorpresa, resultó ser el mismo que el había
rechazado y que ahora volvía a leer desde otra óptica.
La
pandilla de Protón continuó vendiéndose bien y agotó su primera edición
tres años más tarde. Y durante esos tres años de visitas a las escuelas y del
contacto directo con mis lectores, yo seguí aprendiendo lo que ellos me enseñaron
de mi propia obra.
Algo que
llamaba mi atención, porque se repetía invariablemente, era el conflicto que
provocaba el final de la historia:. los lectores de 4to.; 5to. y 6to. años de
EGB, insistían en que tenía un final "trágico", mientras que los de
7mo. año planteaban que el final era "triste".
Entre las
palabras "trágico" y "triste", hay gran diferencia y su uso
no podía ser casual en estas etapas diferentes de la vida, pero a esa edad los
lectores son todavía demasiado intuitivos y, aunque no los razonan ni pueden
verbalizarlos, captan los mensajes subyacentes que impactan sus emociones más
allá del intelecto y de la "lectura comprensiva", y yo debí esperar
hasta que una niñita de 5to. año, finalmente, me aclarase la situación: ante
su reclamo de final trágico, objeté que no había tal tragedia, puesto que
nadie moría; el personaje sólo se rompía una pierna. La contestación, que me
sorprendió, fue: "cómo que no se muere nadie; Protón se murió". Sólo
entonces comprendí que para ellos el karting cobraba tanta importancia, a través
de la historia, que se convertía en un personaje más y en él se depositaba la
tragedia de la muerte física. El tema de la muerte estaba presente en la
historia, pero a través de un símbolo: Protón.
Si en el
accidente hubiese muerto Eleuterio, piloto del karting, el tema de la muerte
hubiese sido un "golpe bajo", perdiéndose el recurso literario de la
metáfora.
Aclarado este
punto, aún me faltaba resolver el final "triste" que mencionaban los
lectores de 7mo. año, pero entonces la situación me resultó más clara. Un
texto literario tiene un plural de lecturas y estos lectores estaban haciendo
otra lectura del mismo final. Ellos estaban pasando por una crisis debida a la
inminente pérdida de la infancia, que dejarían atrás al terminar (entonces
terminaban) la escuela primaria y, por ello, veían en Protón el símbolo de la
muerte de esa etapa de la vida, que sólo es triste y no trágica, ya que abre
las puertas a otra etapa, aún desconocida, pero que vale la pena vivir.
En el libro
Con éste sí, con éste no**, Ruth Mehl, desde su óptica adulta de
lo que es la infancia, analiza el final, en una ficha crítica del libro, de la
siguiente manera: "Y el final del relato deja un sentimiento de frustración.
Porque los protagonistas, después de trabajar duro, pierden la carrera y el
karting en un accidente."
Luego de mi
experiencia de años dialogando con lectores de esa edad, pienso que no hay tal
frustración. El lector no se siente frustrado por la pérdida de un objeto
material de especial valor, como si se le hubiera roto un juguete muy querido:
Protón es otro personaje y muere.
Además, el crítico
adulto tiene un concepto de competencia que linda con la rivalidad. Y, desde la
rivalidad, lo único importante pasa a ser el premio y ser "el mejor",
sin importar descubrir el propio valer.
Pero, llevar a
Protón a la carrera significa la búsqueda de sí mismo descubriendo las
propias capacidades y limitaciones. Compararse con sus pares, es la única forma
de llegar a conocerse a sí mismo y, al competir con un oponente casi tan bueno
como Protón, queda demostrada la superioridad del karting Nro. 5 que toma la
delantera con facilidad y sólo permite obtener el premio al Nro. 8 porque un
accidente lo saca de la carrera. No puede considerarse entonces que Protón haya
perdido la carrera, sino desde un punto de vista adulto.
Nunca encontré
un lector infantil que se refiriera a Protón como a un perdedor.
Entre el
lector y el escritor no siempre se establece una relación directa. Muchas veces
interfieren los estudiosos de la literatura infantil, que obran como mediadores
alejando al niño del placer de la lectura.
También en
las escuelas, en el afán de lograr (y evaluar) una comprensión lectora, los
docentes olvidan que una lectura valorativa es superior a una lectura
comprensiva, aunque no necesariamente deba ser posterior. Ambas están en
diferentes niveles, pero sin un antes y un después. Y, de esta manera, insisten
en ejercicios que destruyen aquella lectura connotativa que el niño realizaba
intuitivamente y con placer. Para el maestro deja de tener importancia lo que el
lector siente frente al texto literario para importar lo que razona frente al
mismo.
Y también en
este aspecto fue notable lo que aprendí en mis recorridas por las escuelas: en
un encuentro con tres sextos años, recibí la pregunta, "¿cuántos
personajes hay en La pandilla de Protón?". Para entonces yo ya había
aprendido que Protón también podía ser un personaje y contesté que eso no
dependía de la obra, sino del lector y que eran ellos quienes debían decidir
si la importancia del karting dentro del relato lo transformaba o no, en
personaje. Inmediatamente se notó un malestar y un cuchicheo que la maestra
acalló con un, "bueno, chicos, eso después lo discutiremos en
clase"
Finalizada la
entrevista, y a solas, la maestra me confesó que la pregunta había sido causa
de desacuerdos, ya que cuando los alumnos "debieron hacer el análisis
literario", todos insistieron en que los personajes eran seis, mientras que
ella corrigió, explicando que sólo los humanos lo eran y, por lo tanto,
"los personajes eran cinco".
Aproximadamente
sesenta personas (abrumadora mayoría) sostuvieron una postura unánime, que fue
rebatida por una sola. Y esta sola persona únicamente cambió de idea frente a
alguien que consideró con mayor autoridad.
Sin embargo en
la actualidad los docentes proclaman a viva voz las teorías constructivistas y
sostienen que "no es el maestro el quien enseña, sino el alumno quien
aprende". Pero parecería que esta teoría es aceptada solamente cuando el
maestro tiene la última palabra y enseña su verdad sin escuchar ni aceptar la
del alumno; ni siquiera cuando éstos son mayoría.
A pesar de las
críticas literarias, me considero una escritora de éxito porque son los chicos
(los verdaderos destinatarios de mi literatura) quienes me aceptan y me eligen.
Ellos se identifican con lo que escribo porque quizá yo comprenda su realidad,
me identifique con ellos y respete sus ritmos, entonces es fácil entenderse y
compartir las historias. Historias donde "pasan cosas desde las primeros
cinco líneas".
Y yo sigo
escribiendo lo que ellos desean leer y no, lo que el adulto desea que lean. No
escribo para chicos, sino desde los chicos. No pretendo que mis libros sean
ejemplificadores ni ideales; no pretendo enseñar lo que deben aprender. Sólo
quiero que disfruten de un arte, el arte de la Literatura, de la misma manera
que lo hacemos los adultos, buscando el placer y la gratuidad de la lectura; dejándonos
invadir por las emociones y sensibilizando nuestros sentidos en un acto de
lectura creativa y recreativa.
Quizá cuando
los adultos logren ver a la infancia como realmente es y no como quisieran que
fuese, se escribirán y se editaran libros más apropiados para potenciar la
capacidad lectora del niño; y la lectura retornará a ocupar el espacio del
ocio y de las bibliotecas, en lugar de compulsarse a través de la escuela. El
libro volverá a ser un artículo de consumo y un objeto que puede comprarse, en
lugar de fotocopiarse.
Raquel M. Barthe
* La pandilla de Protón / Raquel
M. Barthe. - 3a. ed. - (Colección El Mirador. Serie El Balcón). -- Buenos
Aires : Guadalupe, 1996.(Guadalupe on Line - Osvaldo López,
Jefe de Ventas de Editorial Guadalupe nos informa que las novedades
pueden consultarse en el sitio www.editorialguadalupe.com.ar/novedades.htm
y establecer comunicación por ventas@editorialguadalupe.com.ar.)
** Con este
sí, con este no : más de 500 fichas de literatura infantil argentina /
Ruth Mehl. - Buenos Aires : Colihue, 1992.

Relato
escrito en forma de diario, por su protagonista, un niño de ocho años, que
narra sus aventuras cotidianas. Papelucho es un chico travieso que nos descubre
su manera de ver el mundo y de relacionarse con él, compartiendo con el lector
los sentimientos infantiles. El éxito de esta obra, tanto en reediciones como
en traducciones a numerosos idiomas, hizo que se continuase en una docena de
libros que mantienen el estilo y lenguaje espontáneo de los niños.
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